PSICOANÁLISIS Y LENGUAJE
Dr. Dante Roberto Salatino
En este trabajo se aborda la importante relación entre Psicoanálisis y lenguaje, pero no a través del psicoanálisis mismo, sino mediante la obra escrita de Freud. Por esta razón, el abordaje, pueda parecer a priori algo incompleto, sin embargo, al prescindir del compromiso afectivo que involucra la tarea analítica, tendrá la ventaja de poder lograr un mayor acercamiento a los elementos primordiales del discurso psicoanalítico (si es que se puede llamar así) en los que se basa la interpretación de ese contenido afectivo.
La obra de Freud constituye algo bastante más que un mero aporte filosófico o a la cultura general; representa uno de los pocos planteos que se constituyeron en una teoría de la mente, radicalmente nueva y trascendente. Planteo que no llegó a ser considerado como ciencia (aún), porque sus cultores, deslumbrados quizás por el éxito terapéutico de su aplicación, no vieron la necesidad de buscar un fundamento científico. Pero tal vez, esta falta de encaje en las ciencias, esté condicionado en mayor medida, por la misma concepción limitante de objetividad que defiende la comunidad científica.
Dicho esto, nos abocaremos, sobre la base de la obra seminal Freudiana: La interpretación de los sueños de 1900, al análisis de la implicancia que tiene el lenguaje en la teoría psicoanalítica. En esta obra, Freud hace del sueño su primer objeto de estudio para indagar desde allí sobre el deseo humano, pero además y no menos importante, hace de él un modelo en cuyo funcionamiento se puedan encontrar el deseo y el lenguaje, para dar lugar a un sentido, a una interpretación que surgen de una semántica muy particular que se integra en dos niveles: uno superficial y evidente y otro profundo y oculto o velado.
En “La interpretación de los sueños” (1900), Freud define al sueño como ‘un acto psíquico de pleno derecho’
En el capítulo 2, muestra que los sueños son interpretables, lo que significa indicar su sentido, sustituirlo por algo que se inserte, según Freud, como eslabón de pleno derecho con igual título que los demás, en el encadenamiento de las acciones anímicas.
Freud aclara que los sueños de angustia parecen, en un primer momento, imposibilitar la generalización del enunciado según el cual el sueño es un cumplimiento de deseo. Pero esta aseveración no se apoya en la consideración del contenido manifiesto del sueño, sino que se refiere al contenido de pensamiento que se discierne tras el trabajo de interpretación, es decir, al contenido latente.
Como vemos, la clave de la propuesta Freudiana está en el lenguaje. Dos lenguajes en realidad: uno que, plasmado en el texto del relato del sueño, se hace evidente en el plano superficial y es portador de un significado determinado, y el otro, que surgiendo de las profundidades psíquicas, expresa el sentido que le da un deseo. De esta forma, el análisis se constituye en una técnica de conversión de un 'significado' en un 'sentido', o sea, en un hacer superficial lo profundo, en un buscar la verdad que encierra, no el deseo en sí, sino su lenguaje. Este indagar por el sentido es manejado por Freud de una manera brillante desde analogías que establece entre el sueño y otros productos del sentido: el chiste, el mito, el arte, etc.
De alguna manera Freud interpretó la psiquis humana como una frontera, o sea, como el límite funcional que separa, pero que a la vez une, lo considerado externo (superficial) a lo estimado como psíquico o interno (profundo). Aquel estamento que se comporta como una unidad activa de doble identidad, ya que simultáneamente, significa distinción y pertenencia y por tanto, al mismo tiempo, apertura y cierre. Un filtro que deja pasar, pero que a la vez frena y que desde el punto de vista funcional, se lo puede caracterizar como el PUENTE REAL entre lo subjetivo y lo objetivo.
La MONEDA DE CAMBIO que Freud utiliza para negociar con la psiquis es el símbolo, el que de esta manera, caracteriza como ‘compuesto’ por un sentido y un significado (y no por dos sentidos como dice Paul Ricoeur).
La conclusión más firme de Freud acerca de la actividad de pensamiento durante el dormir es que no hace falta suponer una actividad simbolizante particular en el trabajo del sueño. Por el contrario, el sueño utiliza las simbolizaciones que están contenidas ya listas en el pensamiento inconsciente. Esto se debe, a que ellas satisfacen mejor los requerimientos de la formación del sueño. “...Nada de lo que se encuentra en el sueño como quehacer aparente de la función del juicio ha de aprehenderse como una operación intelectual del trabajo onírico, sino que pertenece al material de los pensamientos oníricos y desde ellos, como producto ya terminado, alcanzó el contenido manifiesto del sueño” (Freud, 1900. Pág. 444). El contenido de representaciones ‘no se piensa’, sino que se muda en imágenes sensibles.
Es importante entonces, que nos acerquemos un poco a lo que nos dice realmente la palabra símbolo. Símbolo es un témino polisémico (ya que acepta varios significados) y polivalente (ya que admite varios niveles, dentro de cada significación) que atraviesa vertical y horizontalmente la cultura humana de la mano de distintos aspectos del quehacer intelectual e impulsor de comportamientos a veces no tan racionales. Desde los jeroglíficos egipcios hasta la tabla periódica de los elementos de Mendeleiev, desde el pez de bronce de los primeros cristianos o el menorá judío hasta nuestra bandera, el símbolo abarca se podría decir, sin temor a equivocarnos, toda la gama de manifestaciones que nos ‘hace humanos’.
La palabra símbolo, en su acepción griega, deriva de un vocablo que significa juntar, unir o encontrar algo que permita un reconocimiento. Esta sucinta definición abre un pequeño resquicio por donde penetrar al corazón simbólico.
Admitir que un símbolo es solo lo que representa una realidad distinta de la que estamos experimentando es admitir ingenuamente que una imagen representada va más allá de los elementos que la constituyen, tomándola por ‘real’ por el único hecho de ‘parecerse’ a lo que intenta representar.
Esta adherencia a lo visual de la representación hace que no podamos ‘ver', paradójicamente, lo que está más allá de la mera apariencia y no pasa de ser una metáfora del espejo que se transforma en espejismo cuando nos acercamos a ella. Los símbolos son naturales en el hombre y no es algo que se ofrece desde fuera para que, en su aprehender, ‘registre’ una convención, de allí la flagrante equivocación de la propuesta de Lacan basada en la lingüística estructural. El símbolo es parte de la unidad psíquica humana, es lo funcional complementario de lo aportado por los mismos datos sensoriales, sean estos provenientes del entorno o desde nuestra biología y que constituyen la estructura de la psiquis.
Freud señala que en la formación del sueño participan dos procesos oníricos de naturaleza diferente: uno, crea pensamientos oníricos correctos de igual valor que el pensamiento normal. El otro procede con éstos de una manera extraña, incorrecta. Para el autor este último es el genuino trabajo del sueño.
En el aparato psíquico en el cual se fundamenta el conocimiento humano es donde lo simbólico cumple una función puesta al servicio de comprender el mundo que nos rodea, dándonos una enorme capacidad que excede y en mucho, nuestra sensibilidad o nuestra memoria. Esta capacidad simbólica que nos caracteriza como humanos se inicia con el pensamiento y se proyecta en nuestro lenguaje, permitiéndonos así dar tratamiento a todas las cosas y a todos los problemas que nos son inherentes, ya sean estos místicos, abstractos o prácticos.
Este método de adaptación es patrimonio exclusivo del hombre y nos da la posibilidad, no ya de valorar cuantitativamente una simple reacción como lo hace cualquier animal que responde a un signo cualquiera según un significado asociado, sino de contemplar aspectos cualitativos que nos dan una nueva dimensión de la realidad vivida. Las realidades inmediatas se transforman en ‘semióticamente reales’, las sensaciones se transforman en manifestaciones de sentido. Se distancian así, gracias al símbolo, las reacciones orgánicas propias de la animalidad de las respuestas puramente humanas.
Aceptando esta visión de símbolo, no cuesta mucho trabajo comprender lo brillante de la decisión de Freud al tomarlo como una ‘expresión’, como una gramática del deseo, que se hace superficial en el lenguaje natural del relato onírico, y desde donde, mediante una interpretación adecuada, se puede encontrar el sentido oculto en las bases de estructuración de un aparato psíquico que se comporta de una manera determinada.
Lo simbólico no debe ser tomado como la ‘función simbólica’ de Cassirer, es decir, como el factor común que hace objetiva una realidad, que le da sentido y por ende, tampoco como el mediador espiritual entre nosotros y lo real, que expresa el carácter mediato de nuestra aprehensión de la realidad.
El símbolo es tan real como el objeto y su ámbito es exclusivamente lo subjetivo, por tanto, nunca puede ‘objetivar’ nada. Sí es portador del sentido, de la ‘verdad’, verdad que como la alétheia griega, significa hacer superficial lo profundo, o sea, encontrar un sentido a lo real, sea esto proveniente del mundo externo a la psiquis, de la psiquis misma o de la vida de relación, es decir, desde lo socio-cultural.
Nuestro lenguaje natural es simbólico, pero solo dispone del aspecto superficial del símbolo, su significado. El verdadero sentido de él, se encuentra en las entrañas de la psiquis, orquestando allí su función, en otras palabras, sustanciando el pensamiento. Esta vertiente profunda del símbolo lo liga a la estructura psíquica que radica en las ideas hiladas temporalmente en la historia del sujeto (su memoria) y de donde además, emergen los tornasolados colores de lo afectivo, transformándolo así en la sonda ideal para interrogar lo psíquico en su profundidad y cualidad.
En este sentido es preciso recordar que el sueño se describe de acuerdo con Freud como “...el sustituto de la escena infantil, alterado por transferencia a lo reciente” (Freud, 1900. Pág. 540). “El análisis nos enseña que los contenidos de representación han experimentado desplazamientos y sustituciones mientras que los afectos se mantuvieron incólumes” (Freud, 1900. Pág. 458).
Lo onírico también es una manifestación simbólica y por eso Freud lo utiliza como una posible PUERTA DE ACCESO a las profundidades psíquicas. El sueño lleva a flor de piel el pensamiento y la relación que se establece entre él y las estructuras psíquicas básicas, conformando gran parte de los aspectos que nos ofrece, en la superficie, el relato onírico a través de su significado, sin transformarse por eso en algo que atestigüe que permanentemente queremos decir otra cosa de la que decimos, si fuera así, el sueño se haría manifiesto mediante signos y no por medio de símbolos.
El signo, según se lo ve aquí, no es el signo lingüístico que Saussure definiera como aquella entidad psíquica de doble faz, que relaciona un concepto y una imagen acústica (significado y significante), ni mucho menos, la inversión lacaniana de esta definición, sino aquello que relaciona dos objetos mediante un cambio, siendo por tanto una estructura diádica simple que carece absolutamente de función. El símbolo en cambio, relaciona un sujeto y un objeto mediante un cambio, siendo el sujeto la fuente de dicho cambio aparente y el objeto su destino, pero además, a este significado superficial, en el símbolo se integra un sentido profundo, mediado por un cambio oculto que promueve una cierta capacidad reorganizativa en este complejo sistema de relaciones. Por lo tanto, un símbolo está constituido por una tétrada funcional compleja: sujeto-cambio superficial-objeto-cambio profundo.
Lo simbólico, como ya dijimos, es una función adaptativa exclusivamente humana que está presente más allá que se use nuestro lenguaje natural para expresarlo. Se presta a confusión si se afirma que lo simbólico no existe sin el lenguaje, pues parece que se nos quiere decir, que lo simbólico solo es inherente a nuestro lenguaje y no a nuestra psiquis.
Podemos concluir, por lo tanto, al menos provisoriamente, que tanto el lenguaje como el psicoanálisis se sirven del símbolo, aunque sin olvidar que el lenguaje lo hace desde lo superficial (el significado, lo objetivo) y el psicoanálisis desde lo profundo (el sentido, lo subjetivo). Una tarea de interpretación de este ensamble dinámico-genésico-evolutivo que representa el símbolo, más que abordarla desde una especie de exégesis objetiva del analista, debería abordarse desde algo como una eiségesis subjetiva y rebelde del analizado, ya que es ese el proceso que nos está rindiendo cuentas de un deseo mediante un lenguaje, que por incomprensible, se nos manifiesta como algo que no queremos oír o que nos suena a extraña mentira.
Interpretar es por lo tanto, encontrar una lógica del sentido, que en definitiva no representa otra cosa que la interpretación de una idea (o estructura psíquica), es decir, un pensamiento. Luego, no es necesario y es más, yo diría que es hasta lesivo, el adherir a una determinada filosofía del lenguaje o de la mente, ya que estas representan solo un justificativo para abordar el tema desde una lógica simbólica camuflada entre designios supuestamente elevados. La lógica del sentido (o semiótica como la entendemos aquí) es la única expresión lícita de una interpretación ya que tiene el mismo origen que el símbolo, el sujeto. Toda otra interpretación, por disfrazada que esté, responde de alguna u otra forma, en su base a una exégesis absolutamente emparentada con una objetividad arbitraria e impuesta.
Por lo dicho anteriormente se comprende que un abordaje de esta especie de ‘discurso psicoanalítico’ desde la narrativa (como si de un cuento se tratara) y mucho peor aún, desde el análisis del discurso soportado en cualquier teoría lingüística, constituye cuando menos, una afrenta a la psiquis del analizado, un atropello a su intimidad, una vejación a su individualidad, porque no se tiene en cuenta el arraigo subjetivo, de por ejemplo, el lenguaje utilizado en el relato onírico o en cualquier texto que el analizado utilice para poner en evidencia (a su manera) el tono afectivo que lo mantiene vivo y que lo hace comportarse de una determinada forma.
Malogrados resultados obtendremos si la interpretación la hacemos, como lo hace Lacan, desde lo estrictamente lingüístico, y en quien, el concepto de lo simbólico surge, supuestamente, de una minuciosa relectura de la obra Freudiana, en donde encuentra aparentemente, firmes referencias de la importancia del lenguaje en la constitución del psiquismo.
Lacan, bajo la marcada influencia de los primeros estructuralistas (Saussure, Jakobson, Leví-Strauss), vislumbra un inconsciente que opera con estructuras y reglas similares a las del lenguaje. Esta postura está equivocada, al menos, en dos aspectos: por un lado, es posible que el inconciente esté estructurado y funcione como un lenguaje, pero en ningún caso tiene nada que ver con nuestro lenguaje natural, y por otro lado, la estructura y función psíquica que hemos esbozado hasta aquí, permite aseverar que ‘no pensamos con palabras’, sino que en todo caso, ‘hablamos con pensamientos’. Es inverosímil su propuesta en donde relaciona el ‘estadio del espejo’, ‘lo imaginario’ y ‘lo simbólico’ y radica en esta relación el germen de la formación del Yo, es decir, sugiriendo que el yo se precipita a partir de una identificación imaginaria motivada externamente que se estructura gracias a los factores identificatorios de los significantes pronunciados por los padres, quienes cumplen la pretendida función de ligar imágenes con un universo de representaciones lingüísticas, lo que supuestamente, determinará la identidad del niño. Ese niño irá aprendiendo quién es de acuerdo a lo que le dicen que es.
Como corolario de esta farragosa perspectiva, nos queda que lo imaginario será estructurado desde el lenguaje, ya que éste permite operar lo simbólico desde lo inconciente.
Nos dice Freud en El trabajo del sueño: “Pensamientos del sueño y contenido del sueño se nos presentan como dos figuraciones del mismo contenido en dos lenguajes diferentes; mejor dicho, el contenido del sueño se nos aparece como una trasferencia de los pensamientos del sueño a otro modo de expresión, cuyos signos y leyes de articulación debemos aprender a discernir por vía de comparación entre el original y su traducción”. Estos ‘dos lenguajes diferentes’, creo yo, que no deben ser identificados como dos sentidos distintos de una misma cosa, es decir, realmente son lenguajes distintos, uno profundo, el del manifestar primigenio, universal y con sentido y el otro, el que acomodado a los condicionamientos externos, expresa en un sentido aparente, su significado.
Debe quedar claro que a través del relato, de una manera preferente, al analizado se le permite la expresión de un afecto, pero también, que esta comunicación afectiva puede adquirir distintos matices, aún en situaciones similares, o sea, lo afectivo puede desbordar el lenguaje; el lenguaje, de alguna manera, ‘perseguir’ al afecto o a veces, transmitirse un lenguaje con carencias afectivas; planteo que está en un total acuerdo con la propuesta Freudiana de la relación entre lo oculto y lo mostrado; lo patente y lo latente.
Atendiendo a lo anterior, sería oportuno analizar sucintamente los términos en que se puede dar esta comunicación afectiva y cuál es su posible origen. Indudablemente el origen de este tipo de comunicación es doble: individual y social.
Nuestro lenguaje natural es producto de una verdadera filogénesis que está emparentada directamente a su homónima del Sistema Nervioso Central. Las distintas etapas evolutivas de la vida, dieron origen a distintos lenguajes naturales, que representaron, no meros soportes comunicativos, sino medios reorganizadores de la realidad circundante que permitieron mediante una más adecuada adaptación, el mantener la vida y perpetuarla. Este lenguaje natural representa los aspectos subjetivos que se soportan en la vida de relación y en la perspectiva desde la cual, cada ser vivo, aborda esa realidad.
El revisar las distintas etapas evolutivas biológicas nos permite tener una idea más aproximada de cómo le fue posible al hombre internalizar un lenguaje universal y mediante esta operación, poder representar la realidad circundante y aún su propia realidad al interactuar con lo externo y elaborar así un lenguaje natural muy sofisticado para comunicarse con sus semejantes.
El lenguaje natural humano, como producto evolutivo magno, puede expresar características de lenguajes naturales más rudimentarios (el de los seres simples y el de los animales), además de las de su propio nivel, gracias al grado de integración que se da en el hombre, de los soportes neurobiológicos de cada uno de ellos. Cada uno de estos niveles evolutivos ha retenido en él, su tipo peculiar de subjetividad y su relación insoslayable con el tiempo y el espacio, con la movilidad y otras funciones no tan específicas (la sensibilidad en general).
En la tabla se resumen las características principales de esta integración:
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COMUNICACIÓN
INSTINTIVA
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COMUNICACIÓN
EMOCIONAL
|
COMUNICACIÓN
EMOTIVA
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ACTIVIDAD
|
Instintiva
PAF innatos
Tendencias primitivas,
específicas,
espontáneas y no planeadas.
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Mixta
PAF modificables
Externalización
inconsciente y no
elaborada que
puede modificarse
con la experiencia.
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Aprendida
PAF adquiridos
No siempre
representan
estados internos.
Se ajustan a normas. Son
conscientes y
elaborados.
|
|
FOCO Y
SUSTRATO
|
SUJETO
Animales sencillos y
plantas
|
INDIVIDUO (sujeto
en relación)
Animales
|
LOS OTROS
Hombre
|
|
MARCO
ESPACIO-
TEMPORAL
|
BIOLÓGICO
PRESENTE
|
PSICO-BIOLÓGICO
PASADO-PRESENTE
|
PSICO-BIO-SOCIO-CULTURAL
PASADO-PRESENTE-FUTURO
|
|
FUNCIÓN
Y
(OBJETIVO)
|
ESTRATÉGICA: de
conservación de la vida y continuidad de la especie (VIDA)
|
ESTRATÉGICA: de adaptación al medio (ENTORNO)
marcha, deglución
|
ESTRATÉGICA: para influenciar al otro (SOCIEDAD)
(des)cortesía
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LENGUAJE
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TÁXICO
|
SÍGNICO
|
SIMBÓLICO
|
ààààààààGRADO DE INTEGRACIÓN EVOLUTIVAààààààààà
Para pasar desde un plano individual a uno social, esbozaremos una posible lógica de las relaciones sociales y así, tal vez, podamos desbrozar con algún éxito, la intrincada cuestión de este tan esquivo lenguaje afectivo.
LÓGICA DE LAS RELACIONES SOCIALES
El individuo tiene una necesidad adaptativa que provoca un deseo, el deseo de satisfacer dicha necesidad que se expresa en la intención de sobrevivir. Esto deriva, en lo sensible, en manifestaciones contrapuestas que surgen desde lo instintivo (como exteriorizaciones que conducen a la auto-preservación y el temor o el miedo), desde lo emocional (o aquellas circunstancias que respaldan la adaptación y sustentan los afectos incluso, el sufrimiento y la desconfianza) o desde lo emotivo (en donde el objetivo fundamental es el reconocimiento, o el sobrevivir socialmente y que trae aparejados tanto la esperanza, como la angustia). Todo este bagaje expresivo faculta el surgimiento de una creencia que es el sustento de todo conocimiento, tanto propio, como de lo circundante.
Hay al menos cinco formas de llegar a una creencia (Stebbing, 1965: 526):
1) Que siempre hayamos creído en algo, a lo cual no cuestionamos y ante lo cual estamos inermes frente al error.
2) Basados en la autoridad, que reconoce dos variantes: i) aceptación de una verdad por respeto y ii) aceptación de una verdad por venir de un experto.
3) Ante la evidencia directa (aparente).
4) Por persuasión (que casi siempre está supeditada al engaño).
5) Por convicción o razonamiento. Mecanismo que es patrimonio de la lógica y por tanto, de la ciencia.
De lo anterior podemos concluir que todo individuo (sujeto social) tiene una doble necesidad: una primaria, la de sobrevivir, manifestada como deseo y otra secundaria, la de conocer, manifestada como creencia. Lo social en el individuo surgiría de un deseo que lo represente a nivel profundo y de una creencia que caracterice a nivel superficial, el objeto de ese deseo.
Las relaciones sociales, aunque potencialmente infinitas, se podrían reunir en dos grandes grupos: i) aquellas en las que se transmite una creencia y ii) aquellas en las que se transmite un deseo.
Las creencias, por otra parte, o bien podrían tener un fundamento interno o externo o bien surgir por convicción. Las necesidades que dan origen al acto social se ven satisfechas a través de los PATRONES SOCIALES que se evidencian, individualmente en el comportamiento y a nivel social, en el discurso mediante una serie de FIGURAS SOCIALES. De la conjunción de lo individual con lo social surgen posibles ROLES SOCIALES que darían origen a lo que podríamos llamar ROLES PERSONALES. Desde el ensamble de los roles sociales y personales se podrían caracterizar, tanto el comportamiento de las distintas creencias (mitos, religiones, dogmas, ideologías, etc.), como así también, el cumplimiento de los distintos deseos (héroe, líder, autócrata, militante, etc.)
EL LENGUAJE Y LA EXPERIENCIA HUMANA
La experiencia humana, como aspecto fundante de la subjetividad es comunicada mediante el lenguaje, siendo en el discurso entonces, en donde se hacen evidentes algunos aspectos fundamentales de lo subjetivo.
Dado que el lenguaje nos muestra superficialmente, a través de sus significados, las aristas socio-culturales humanas, la constancia aparente de algunas categorías expresivas, más allá de toda determinación cultural o social, nos hace caer en el error de considerar que toda la experiencia subjetiva se plantea y sitúa en el lenguaje y por él.
Analizaremos muy brevemente solo dos de esas categorías expresivas, que habitualmente manejamos en el discurso. Ellas son la de la persona y la del tiempo. Esto es porque en ellas radica básicamente el sustento de todo lo subjetivo: el yo como sujeto y el tiempo como el motor del funcionamiento psíquico.
El abordaje que hace el lenguaje de estos dos elementos es sustancial a la hora de la interpretación de un discurso, y no me estoy refiriendo al 'significado', algo que aborda la semántica, sino al 'sentido' que es lo que debería abordar la práctica analítica.
Desde el lenguaje se considera que la individualidad, en todo hombre, se plantea en tanto que el yo evoca, de una manera 'instintiva', explícitamente o no el pronombre tú, para oponerse conjuntamente al él lo cual determina la posibilidad misma del discurso, siendo todo esto independiente de la cultura. Por otro lado esta vivencia, como modo de transmitir la experiencia individual, es inherente a la forma que se transmite y generadora de la persona en el discurso, en tanto individuo que habla. Este yo en la comunicación cambia alternativamente de estado, el que oye lo vincula al otro, que es él y cuando este habla, asume el yo por cuenta propia. Desde la lingüística del discurso se considera que esta dialéctica es el resorte principal de la subjetividad.
Debemos hacer notar que lo anterior plantea un panorama poco claro y como tal, inductor de malas interpretaciones. Tal confusión está dada entre sujeto e individuo, que bajo ningún punto de vista son lo mismo. La individualidad no es lo mismo que la subjetividad. Un individuo es aquel sujeto que mantiene una vida en relación con el otro, aquello reglado por normas y que le da sentido a la existencia del lenguaje natural y por ende, en donde se da el discurso. En esta situación, todo pronombre (yo, tú, él, etc.) no es más que una forma vacía que viste el DISFRAZ CONCEPTUAL que le presta la actividad discursiva.
Muy poco dice todo esto del sujeto que subyace y mucho menos del origen y sentido de estas manifestaciones. La subjetividad no se hace manifiesta en la estructura ni en las funciones convencionales del lenguaje. Este tiene una serie de aspectos que son netamente subjetivos, de algunos de los cuales, ya hemos pasado revista.
Entre las formas lingüísticas que revelan la experiencia individual (y no subjetiva) quizás la más notoria sean aquellas que expresan el tiempo.
El lenguaje opera con el tiempo de una manera muy distinta que la psiquis.
Una concepción vulgarizada de la relación entre lo temporal y el lenguaje, asigna al verbo la propiedad exclusiva del manejo del tiempo, lo que da pie a la creencia general de que algunas lenguas no tienen elementos para el manejo del tiempo, al carecer de verbos. Esto constituye un error ya que la expresión del tiempo es compatible con cualquier tipo de estructura lingüística.
Otro error común es considerar que una lengua reproduce el 'tiempo objetivo' y por ende, lo que sucede en la realidad, como ocurre fundamentalmente en las lenguas pertenecientes a la familia indoeuropea, compuesta por 386 lenguas (entre las que se encuentran, p.e. el español, el inglés, el alemán, el italiano, el francés) y que hablan alrededor del 50% de la población mundial.
Es necesario para comprender el abordaje que el lenguaje hace de lo temporal, el distinguir adecuadamente, tres nociones distintas de tiempo:
a) Tiempo externo o cronológico
b) Tiempo lingüístico
c) Tiempo Interno o psicológico
El tiempo externo, físico, objetivo, cronológico o de la datación, es el abordado por la ciencia y tiene como características fundamentales el ser:
1) Discreto
2) Cuantitativo
3) Lineal
4) Unidireccional: va del antes al después, y por tanto es
5) Irreversible y además
6) Superficial
El tiempo lingüístico es aquel que está orgánicamente ligado a la palabra y que por tanto se constituye en una función del discurso, que tiene su centro en el 'presente'. Por esto último se parece al anterior, ya que en apariencia nuestra vida no discurre, sino que se desarrolla en un 'eterno presente', algo que en la lengua está implícito. Este presente es 'reinventado' cada vez que alguien habla, algo similar a lo que en la ciencia hacen las ecuaciones diferenciales, que inventan o crean un nuevo mundo cada vez que evalúan un periodo de tiempo determinado, recayendo sobre lo que acaba de pasar, pero sin decirnos nada mientras todo ocurre.
Las otras dos referencias temporales que maneja el lenguaje: el pasado y el porvenir hacen aparecer el presente como una línea que separa lo que ya no está, de lo que va a estar, aunque sin representar tiempo alguno, sino más bien como especie de proyecciones temporales que van hacia atrás y hacia adelante desde el tiempo presente.
La forma del pasado no falta en ninguna lengua y a veces es doble o triple, en cambio, una forma específica para el futuro muchas veces puede faltar, siendo reemplazada en estos casos por una combinación de la forma del presente con alguna otra partícula gramatical.
La importancia del manejo de la temporalidad por el lenguaje radica en el modo en que esto incide en el proceso de comunicación.
El acto de habla es necesariamente individual y si yo cuento hoy, algo que me ocurrió ayer, el pasado es referido respecto del presente de este acto de habla, con lo que este 'tiempo' se referirá exclusivamente a mi experiencia personal. Sin embargo, en todo esto, sucede algo curioso y hasta aparentemente imposible: mi temporalidad personal es asumida como propia por mi interlocutor. Lo mismo me ocurrirá a mí cuando él me hable.
Esta 'sincronización' no constituye otra cosa que una manifestación práctica de la resonancia en que entran nuestros tiempos internos. Este detalle es el que puede guiar la interpretación que el analista hace del relato del analizado y quizás sea un fundamento firme del fenómeno de transferencia. Cuando este mecanismo funciona como un factor de intersubjetividad, es decir, lo unipersonal se vuelve omnipersonal y se establece la dificultad de operar disociadamente desde la función psicoanalítica estamos, posiblemente, ante el fantasma de la contratransferencia. Esta última condición es la única que permite la comunicación cuando es considerada como estrictamente lingüística, o sea, la que da lugar al diálogo. El inconsciente no dialoga!
BIBLIOGRAFÍA
Freud, S. (1978). Obras Completas - Volumen IV (p. 29) - Volumen V (p. 597) - Buenos Aires, Amorrortu editores.
Salatino, D. R. (2009). Semiótica de los sistemas reales - Tesis Doctoral - Facultad de Filosofía y Letras - Universidad Nacional de Cuyo.
Stebbing, L. S. (1965). Introducción moderna a la lógica. México: Universidad Nacional Autónoma de México.